viernes, 9 de septiembre de 2016

El corazón del psicólogo

Una primera y breve opinión sobre el sentir y el pensar del individuo dedicado al arte de la psicología

El momento cumbre, cuando se decide estudiar psicología, el individuo no se imagina la responsabilidad que está adquiriendo.
Hay todo un paquete que viene con la decisión. No basta solo con las ganas, o con saberse como un buen “dador de consejos”. El título y el deber que se tiene como psicólogo es sumamente exorbitante en comparación con la creencia popular. No basta solo con cursar la carrera, ni tener o suponer que será un buen trabajo o económicamente bien remunerado (que en realidad no lo es); se necesita una verdadera pasión, realmente una vocación por el arte de hacer psicología.
¿Por qué?
Desde hace mucho tiempo, el psicólogo ha pasado a representar -socialmente hablando- a una persona cuyas características serían similares a la perfección: sin problemas familiares, económicos,

de pareja,  problemas con sus hijos; una persona que no tiende a enojarse ni a explotar en llanto en ningún momento porque obviamente, si es la persona que va a intentar “arreglar conflictos” de este tipo, debería saber resolver los propios.
Bajo este argumento sería válido pedirle a un médico que se operase a si mismo de –digamos- una apendicitis, ya que posee los conocimientos necesarios para hacerlo.
El corazón del psicólogo (porque si tiene, aunque no parezca) sigue latiendo fuertemente después de obtener un título de grado. La producción de los diferentes neurotransmisores, causantes de las emociones, no se detiene al obtener la licencia para ejercer la psicología. El psicólogo no deja de ser hijo, padre, hermano, amigo, pareja, compañero. El psicólogo se enamora y pelea, siente y piensa.
Sigmund Freud, el padre del psicoanálisis, le ha regalado al mundo parte de su propio análisis acerca de las cuestiones cotidianas de la vida, descubriéndose como un humano, con errores, con fallas en la memoria, con rencores y amores.
El psicólogo es humano y como tal, tiende a fallar. Incluso en su profesión, tomando una ruta equivocada al ejercer su arte. Entonces, varios escenarios se abren. Uno de tantos posibles, sería en el cual el psicólogo realiza “anclaje” con las emociones de su paciente; incluso, yendo en polo opuesto, se convierte en una persona que oculta sus propias emociones, en legítima defensa de cualquier vulnerabilidad, llevando esta rigidez incluso a su vida personal. La intelectualidad y la acción de evitar relaciones personales son muy comunes últimamente. El psicólogo se convierte en un profesionista que labora las 24 horas, los 365 días y las personas cercanas a éste se convierten en sus principales pacientes. La disciplina psicológica  no se separa del individuo, ésta va en línea paralela de la vida personal para evitar la hecatombe.

No hay secretos, no hay una realidad perfecta. Al final del día solo hay un individuo con defectos y virtudes, que ha decidido poner su trabajo en favor de los demás. Y si decides estudiar psicología, o ya lo estás haciendo, incluso si ya te has graduado y estas ejerciendo, aún tienes un corazón latiendo, el corazón del psicólogo.