El corazón del psicólogo
Una primera y breve opinión sobre el sentir y el pensar del individuo dedicado al arte de la psicología
El momento
cumbre, cuando se decide estudiar psicología, el individuo no se imagina la
responsabilidad que está adquiriendo.
Hay todo un
paquete que viene con la decisión. No basta solo con las ganas, o con saberse
como un buen “dador de consejos”. El título y el deber que se tiene como
psicólogo es sumamente exorbitante en comparación con la creencia popular. No basta solo con cursar la carrera, ni tener o suponer que será un buen trabajo o
económicamente bien remunerado (que en realidad no lo es); se necesita una
verdadera pasión, realmente una vocación por el arte de hacer psicología.
¿Por qué?
Desde hace
mucho tiempo, el psicólogo ha pasado a representar -socialmente hablando- a una
persona cuyas características serían similares a la perfección: sin problemas
familiares, económicos,
de pareja, problemas con sus hijos; una persona que no tiende a enojarse ni a explotar en llanto en ningún momento porque obviamente, si es la persona que va a intentar “arreglar conflictos” de este tipo, debería saber resolver los propios.
Bajo este
argumento sería válido pedirle a un médico que se operase a si mismo de –digamos-
una apendicitis, ya que posee los conocimientos necesarios para hacerlo.
El corazón
del psicólogo (porque si tiene, aunque no parezca) sigue latiendo fuertemente
después de obtener un título de grado. La producción de los diferentes
neurotransmisores, causantes de las emociones, no se detiene al obtener la
licencia para ejercer la psicología. El psicólogo no deja de ser hijo, padre,
hermano, amigo, pareja, compañero. El psicólogo se enamora y pelea, siente y
piensa.
Sigmund
Freud, el padre del psicoanálisis, le ha regalado al mundo parte de su propio
análisis acerca de las cuestiones cotidianas de la vida, descubriéndose como un
humano, con errores, con fallas en la memoria, con rencores y amores.
El psicólogo
es humano y como tal, tiende a fallar. Incluso en su profesión, tomando una
ruta equivocada al ejercer su arte. Entonces, varios escenarios se abren. Uno de
tantos posibles, sería en el cual el psicólogo realiza “anclaje” con las
emociones de su paciente; incluso, yendo en polo opuesto, se convierte en una
persona que oculta sus propias emociones, en legítima defensa de cualquier
vulnerabilidad, llevando esta rigidez incluso a su vida personal. La
intelectualidad y la acción de evitar relaciones personales son muy comunes
últimamente. El psicólogo se convierte en un profesionista que labora las 24
horas, los 365 días y las personas cercanas a éste se convierten en sus
principales pacientes. La disciplina psicológica no se separa del individuo, ésta va en línea paralela de la vida personal para evitar la hecatombe.
No hay
secretos, no hay una realidad perfecta. Al final del día solo hay un individuo
con defectos y virtudes, que ha decidido poner su trabajo en favor de los
demás. Y si decides estudiar psicología, o ya lo estás haciendo, incluso si ya
te has graduado y estas ejerciendo, aún tienes un corazón latiendo, el corazón
del psicólogo.